martes, 20 de octubre de 2009

Al encuentro de nuestra historia




Por Weildler Guerra C.--

EL HERALDO

Ante la cercanía del 2010, cinco interrogantes se han propuesto para guiar la reflexión de los colombianos acerca del Bicentenario de la Independencia:


¿Por qué nos independizamos?


¿Qué pasó con los neogranadinos en el proceso de Independencia?


¿Cómo participaron las provincias y los distintos grupos sociales en dicho proceso?


¿Cómo se debatió la Nueva Granada? ¿Qué ganamos y perdimos con ello?


¿A dónde vamos?


Las diversas respuestas a estas preguntas se debatirán en el Encuentro con Nuestra Historia, un evento que se realizará en la ciudad de Cartagena los días 21, 22 y 23 de octubre en el que participarán destacados colombianistas provenientes de diversos países de Europa y América, historiadores nacionales, estudiantes, público interesado y la comunidad internacional, para estudiar diferentes perspectivas de Colombia.


Es una especie de Hay Festival de la historia, en buena hora organizado por la Alta Consejería Presidencial para la Conmemoración del Bicentenario, que no está dirigido a especialistas sino a los ciudadanos interesados en indagar cómo el pasado puede ser constitutivo o no de una colectividad.


Estas reflexiones no son exclusivas de nuestro país. En Venezuela, Argentina, México y Chile también se aprestan a conmemorar dos siglos de independencia de España. La caída del imperio español, iniciada con la invasión francesa de 1808, ha sido representada con la metáfora de un gigante súbitamente decapitado.


Pero, ¿cómo participaron los negros, los indígenas, los artesanos, las mujeres, el clero, los campesinos y las élites criollas en dicho proceso? Estas inquietudes ahora centrales no lo fueron en la conmemoración de 1910.


¿Qué debió significar la Independencia y qué cambios trajo realmente?


Uno de los invitados especiales a este evento, el noruego Steinar Saether, ha considerado que la independencia conllevó el fin de un orden social jerárquico organizado con base en marcas sociales, religiosas, raciales y étnicas, así como nuevas formas de participación política y la utilización de los periódicos y de la literatura política como un medio masivo de educar a la población.


De manera complementaria, Saether considera que hubo cambios en la forma en que la sociedad conceptualizaba a las élites y a las personas comunes.


Muchos colombianos de hoy pueden compartir o no estas apreciaciones, pero justamente la conmemoración envuelve ese debate para que, mas allá de unos héroes y un olvidado florero, examinemos lo que ha implicado hasta hoy el proceso postcolonial. ¿Compartimos el mismo nivel de adhesión a Colombia como comunidad imaginada?


La respuesta no sería igual si la pregunta la hiciéramos en Antioquia o en La Guajira, en Boyacá o en San Andrés. El desangre que ha vivido el país en más de medio siglo de violencia no ha permitido plantear este interrogante, pues las partes enfrentadas han compartido la misma visión uniformizante y limitada de colombianidad.


El evento de Cartagena puede ser el punto de partida de un trabajo de memoria sobre el ideal de nación, y debe incorporar la visión de las regiones y los heterogéneos grupos sociales del país. Como lo dijera Víctor Cohen, un lejano historiador de África, “la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”.


wilderguerra@gmail.com

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